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¿Un desliz de Bolton?

¿Un desliz de Bolton?

Una declaración que ha quedado como un gaffe que no refleja las magnitudes del intercambio ruso-chavista.

(Junio 27, 2019 – Javier Brassesco). En un solitario tuit del pasado 16 de junio John Bolton, asesor de seguridad de Donald Trump, afirmó que en mayo Nicolás Maduro le había pagado a Rusia 209 millones de dólares por un contrato de defensa “para comprar su apoyo”.

El asunto no volvió a ser mencionado, ni por Bolton ni por ningún otro funcionario, y al mismo tiempo Rusia lo desmintió a través de su embajador en Venezuela, Vladimir Zaemski, quien dijo que esa información era ficticia.

Un miembro del Consejo de la Federación (una especie de Senado en Rusia), Frants Klintsévich, resaltó que la cantidad expresada por Bolton equivale al 0,075% del presupuesto federal ruso. “Eso lo único que causa es risa”.

Nuestra validación

El pasado abril, Rusia anunció que un pago de intereses de deuda programado para ese mes por parte del régimen de Maduro podría realizarse en mayo sin consecuencias financieras. La cantidad de la que se habló entonces era de alrededor de cien millones de dólares. La deuda total de Venezuela con Rusia, según cifras oficiales, es de 3 mil millones de dólares.

Quizá ese es el pago al que se refiere Bolton, pero es difícil saberlo porque, como ya dijimos, el asesor de seguridad jamás volvió a mencionar ese tema aparte de ese escueto tuit.

Lo que sí parece una ligereza es afirmar que dicha cantidad es “para comprar el apoyo de Rusia”. Como afirma el economista y analista político Juan Carlos Zapata:

“(…) La verdad, quién es capaz de imaginar que la potencia Rusia pueda ser comprada por 209 millones de dólares. Bolton pierde la perspectiva y se desboca. Los intereses de Rosneft en Venezuela, y los nuevos contratos que se supone van a ser firmados para la explotación de gas, superan la magra cifra con la que Bolton señala que Maduro compra la voluntad de Rusia.

Lo peor es que Bolton sabe que a Rusia no la compran con 200 millones de dólares. Porque la estrategia de Vladímir Putin de apoyo a Nicolás Maduro es más compleja que un contrato de defensa tan escuálido (…)”.

 


Imagen inicial: WikiCommons.

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¿Es la serie Chernobyl un acto de propaganda?

¿Es la serie Chernobyl un acto de propaganda?

La serie -que no es un documental sino una película argumental- está muy lejos de ser un acto de propaganda. Su espíritu es fiel a los acontecimientos, aún cuando haga adaptaciones y ajustes en personajes y situaciones que no se correspondan exactamente con los hechos registrados.

(Junio 10, 2019 – Javier Brassesco). Chernobyl, una de las miniseries más impactantes y exitosas de los últimos tiempos estrenó el domingo su quinto y último episodio.

La serie no cayó nada bien en los medios prosoviéticos, que ahora anuncian que Rusia contará su propia versión de los hechos. Según estos medios, Chernobyl es más un esfuerzo propagandístico que un documental, y allí se tuercen los hechos para hacer quedar mal a la Unión Soviética.

Komsomolskaya Prava (KP), el diario ruso más popular en Ucrania, sugiere que enemigos del centro ruso Rosatom metieron la mano en esta serie para poner en entredicho la capacidad de Rusia como potencia nuclear, y el diario ucraniano Argumenty i Fakty, con sede en Moscú, la tildó de “caricatura”.

El presentador del canal Rossia 24, Stanislav Natanzon, también se burló de la misma mostrando cómo se podían ver modernas ventanas antitormenta en los edificios de Pripyat (algo que solo se nota solo si agrandamos la imagen y prestamos atención). “Solo faltaron algunos osos y acordeones”, dice Natanzon, quien además sugiere que la serie se equivoca al sugerir que el temor de las autoridades rusas porque el mundo conociera el accidente provocó daños que pudieron evitarse.

Y que una prueba de que las autoridades rusas sí dieron a conocer detalles del accidente fue la publicación en KP de un artículo de Valery Legasov, quien lideraba el comité de investigación del accidente, reconociendo varios errores cometidos.

El canal ruso NTV anunció que hará su propia serie, y allí Estados Unidos será el villano, rescatando una versión que afirma que el día que estalló el Reactor 4 un agente de la CIA estaba presente en la planta.

¿Es verdad que esta serie es más un acto de propaganda que un intento de contar lo que sucedió?

Hablan los rusos

Veamos lo que de todo esto opinan dos periodistas independientes rusos del Moscow Times como lo son Ilya Shepelin y Leonid Bershidsky, quienes escribieron notas por separado de su visión sobre la serie.

Sobre Legasov, Shepelin recuerda que el artículo en donde cuestionaba el mal manejo de la crisis por las autoridades soviéticas fue escrito en 1987 (al año siguiente del accidente), pero en eso momento a los editores del KP no les gustó y no fue publicado. Para entonces la Academia de Ciencias se había negado a darle el título de Héroe Socialista de los Trabajadores (que sí le otorgaron a varios de los que trabajaron con él). Legasov se ahorcó (con esta escena comienza la serie) y solo dos semanas después de su suicidio KP publicó su artículo.

Sobre la teoría de que había un agente de la CIA en el momento del accidente, y que la agencia tenía infiltrada la planta nuclear, Shepelin dice que se trata de un mito urbano recurrente que nunca ha podido ser probado.

No cree que Chernobyl sea una serie propagandística, y rescata que hasta el retrato que hacen de un hombre típico del aparato como Scherbina es benigno, ordenando la evacuación de Pripyat (como en efecto sucedió) a pesar de que muchos se oponían porque contravenía los intereses del partido.

En general, Shepelin cree que lo que le molesta a los rusos es que haya sido Estados Unidos y no ellos los que primero contaron la historia. Y esto también para él resulta inexplicable: “¿Por qué en 33 años nunca contamos nosotros nuestra versión de los hechos?”.

Inexactitudes

Por su parte Leonid Bershidsky cree que la serie hace un esfuerzo por recrear los hechos tal y como sucedieron, pero en su visión se queda corta, sobre todo cuando la ven personas que vivieron esos hechos y han visitado posteriormente la zona de exclusión.

Aquí algunas objeciones que plantea, aun cuando recuerda que se trata de una película y no de un documental:

-Kiev y Moscú están demasiado lejos como para viajar en helicóptero, como hacen en la serie. En realidad la comitiva presidencial rusa viajó desde Moscú a Kiev en avión y desde allí en automóvil hasta Chernobyl.

La gente no se estaba llamando “camarada” todo el tiempo (y ésta es una objeción que también hacen varios usuarios ucranianos en el sitio IMDB), era un término que solo era común en las reuniones del Partido Comunista.

-No es nada realista que Boris Scherbina, vicepresidente del Consejo de Ministros, haya amenazado con arrojar desde un helicóptero a Valery Legasov, quien era un destacado químico miembro de la Academia Soviética de Ciencias.

-Tampoco Legasov vivía en ese apartamento miserable descrito en la película, y su única compañía no era un gato. Legasov se ahorcó, sí, por las consecuencias de la radiación en su cuerpo, pero su esposa y su hija cuidaron de él hasta el final.

Sin embargo, afirma que el “espíritu” de la película es fiel a lo que sucedió. Recuerda que tuvieron que pasar 48 horas de la explosión para que la Unión Soviética admitiera al mundo del accidente, y eso porque en Suecia ya estaban notando niveles inusuales de radiación. Pero todavía peor: Gorbachov esperó 18 días para hablar a sus compatriotas sobre Chernobyl, e incluso se realizaron los desfiles del 1 de mayo en varias ciudades cercanas (la explosión ocurrió en la madrugada del 26 de abril), cuando era ya sabido lo peligroso que resultaba para la gente estar en espacios abiertos.

Preguntas en el aire

La serie deja algunas interrogantes en el aire:

¿Quién fue Valery Khodemchuk? En la serie se habla de Khodemchuk como un operador de turno del reactor número 4 que lleva a cabo una prueba de seguridad en las bombas del reactor para la cual no estaba preparado. Fue encargado para realizar esta prueba por su superior, Anatoly Dyatlov. Khodemchuk fue en efecto uno de los 31 muertos (según cifras oficiales) por el accidente nuclear, pero no está nada claro ni cómo murió (su cuerpo no fue encontrado) ni su verdadera responsabilidad en la tragedia.

El puente de la muerte. En la serie se afirma que todos los quienes vieron la explosión desde un puente cercano en la ciudad de Pripyat murieron. Esto no está documentado, aunque ciertamente el puente existe y la carretera que atraviesa es conocida como “la carretera de la muerte”.

Las cintas de Legasov. Con altos niveles de radiación en su cuerpo, Legasov se ahorcó el día del segundo aniversario del accidente de Chernobyl, no sin antes dejar unas cintas grabadas contando su versión de lo que sucedió. Estas cintas fueron hechas públicas, pero siempre se dijo que antes de hacerlo fueron editadas y que las originales no son todavía conocidas.

Nuestra validación

Chernobyl puede tener muchas inexactitudes históricas, sobre todo evidentes para quienes vivieron esos sucesos. Ya el hecho de poner a actores hablando un inglés con acento ruso es algo que ha molestado a muchos espectadores.

Aun cuando sabemos que como película (no es un documental, hay que tenerlo claro) se puede tomar muchas licencias, está claro que pudo ser mejorada en aras de la precisión histórica.

Pero luego de leer la opinión de periodistas rusos independientes y de revisar los archivos históricos, queda claro que está muy lejos de ser un acto de propaganda, y que el espíritu de la serie es fiel a los acontecimientos.


Imagen inicial: HBO.

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¿Rusia abandona Venezuela?

¿Rusia abandona Venezuela?

Por la respuesta rusa, parece claro que los asesores rusos no se han ido o se irán en el corto plazo. Aunque las fuentes que dijeron lo contrario parecen haber fallado, todavía quedan varias preguntas en el aire.

(Junio 5, 2019 – Javier Brassesco). Este domingo The Wall Street Journal, citando “una fuente cercana al Ministerio de Defensa”, publicó la información de que Rusia había reducido el número de especialistas de la empresa Rostec de “mil personas a varias decenas”.

En la nota del WSJ se afirma que la causa sería el atraso en los pagos por parte de la dictadura de Nicolás Maduro en los convenios que existen entre los dos países y porque la lucha de Maduro por permanecer en el poder se estaría perdiendo.

La noticia rápidamente fue replicada por otros medios e interpretada como el comienzo del fin del apoyo de Putin a Maduro, tal vez el más firme e importante con que cuenta el dictador venezolano en el exterior.

Al día siguiente (lunes por la tarde) el propio Donald Trump aseguró que Rusia les había informado (“Russia has informed us…”) que habían sacado a la mayor parte de su personal de Venezuela.

Rusia desmiente

Sin embargo, la información fue desmentida desde varios frentes por Rusia.

La empresa Rostec la desmintió en un boletín de prensa: “Los números sobre la presencia rusa en Venezuela han sido exageradas decenas de veces. La composición de la representación rusa no ha cambiado en años”.

El embajador ruso en Venezuela, Vladimir Zayemski, desmintió la afirmación de Trump: “Esta es otra ‘noticia’ que no se corresponde con la realidad. El trabajo se lleva a cabo según los compromisos existente”, según fue citado por RIA Novosti.

Incluso el Kremlin negó haber informado nada a Trump al respecto:

Versiones encontradas

¿Hizo Trump sus afirmaciones simplemente porque leyó la nota de WSJ, un medio conservador que siempre está entre los citados por el presidente? ¿Rusia accedió al retiro paulatino de su personal pero no quiere reconocerlo públicamente porque sería un signo de debilidad ante el mundo? ¿Qué tan buena es la fuente de WSJ en el Ministerio de Defensa ruso? Rostec afirma que WSJ tergiversó las cifras sobre la presencia rusa en Venezuela. El diario habla de mil personas ¿Quiere decir Rostec que la presencia militar en Venezuela nunca pasó de las pocas decenas? (es algo que le sugirió Putin a Trump cuando en conversación telefónica desestimó la importancia de la presencia militar rusa en Venezuela).

Preguntas todas muy difíciles de responder con certeza.


Imagen inicial: VK

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Armamento ruso en Venezuela (Expediente)

Armamento ruso en Venezuela (Expediente)

Desde el inicio del gobierno chavista en Venezuela, el armamento chino pero sobre todo ruso, han sido el pilar fundamental de la estrategia defensiva del régimen. En este expediente, lo último noticioso respecto a las capacidades militares venezolanas apalancadas por el régimen de Putin.

(Abril 15, 2019 -Redacción). En Abril 10 se publicaron imágenes satelitales de lanzacohetes en la base aérea Capitán Manuel Ríos, en Calabozo, estado Guárico, Venezuela. Esta actividad, monitoreada por EE.UU. y los aliados regionales, confirma lo que ya se sabe desde hace años: las armas rusas constituyen casi la totalidad del parque defensivo venezolano.

Comentan en un artículo de BBC:

La sombra del sistema antimisiles S-300

(…) Uno de esos equipos es el S-300, un sistema móvil de defensa antiaéreo con el que, de acuerdo con ISI, una firma especializada en recopilar y analizar imágenes satelitales para elaborar análisis de inteligencia, el ejército venezolano ha estado operando muy por encima de lo habitual en el mes de febrero.
.

Esta “actividad significativa”, como la describe ISI, ha llevado a algunos observadores a pensar que la llegada del personal militar ruso podría estar relacionada con el mantenimiento o manejo de estos equipos.

.

El S-300 ha sido un elemento disuasorio muy activo en la guerra de Siria, en la que contribuyó a que las fuerzas del presidente Bashar el Assad, aliado de Rusia, acabaran imponiéndose.

Armando a Venezuela

El artículo de BBC explica que:

(…) Rusia fue, junto con China, el principal proveedor del armamento adquirido entonces. Y suministró durante años varios modelos de aviones y helicópteros, así como tanques y unidades de artillería.

.

La gran aportación rusa a la capacidad disuasoria venezolana fue la venta de los cazas Su-30Mk2, según los expertos, un aparato capaz de competir con los más avanzados aviones de combate estadounidenses gracias a su potencia de fuego, maniobrabilidad y prestaciones.

.

La industria militar rusa proveyó también de tanques y unidades artilleras.

Expediente

Aquí dejamos un expediente con artículos sobre este tema que incide en la seguridad regional latinoamericana:


Imagen inicial: Gobierno ruso.

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¿Qué defienden Rusia y China en Venezuela?

¿Qué defienden Rusia y China en Venezuela?

INICIO  MAPA  CONTACTO

Artículo

Más de $90 mil millones en préstamos, acceso a recursos minerales y una posición muy precisada en la lucha geopolítica contra EE.UU.

(Marzo 27, 2019). Muchos de quienes han denunciado la injerencia de Estados Unidos en Venezuela aseguran que la primera potencia mundial lo que busca es en realidad el petróleo de ese país caribeño. El propio Nicolás Maduro lo ha afirmado en reiteradas ocasiones.

Ahora bien, al menos Estados Unidos tiene una coartada y la delinéo el propio Trump: restablecer la democracia en Venezuela, Cuba y Nicaragua y dar origen así a lo que ha llamado “el primer hemisferio libre de la historia”.

¿Pero qué buscan China y Rusia en su alianza con Venezuela? José Clavijo, quien fuera funcionario diplomático por Venezuela durante varios años, escribió un interesante artículo en el portal The Geopoliticsen donde intenta dar respuesta a esta pregunta. Aquí reseñamos lo que consideramos lo más importante de su análisis:

«Pekín y Moscú han invertido unos 90 mil millones de dólares en Venezuela, aunque por la falta de transparencia es difícil dar cifras exactas. La mayoría de este dinero ha sido entregado a cambio de venta de petróleo a futuro a bajos precios, pero también se han firmado importantes contratos militares, desde sofisticado armamento ruso hasta material antimotines chino.»

«China y Rusia son así los dos más grandes acreedores de Venezuela hoy en día.»

«China es el país que más ha invertido en Venezuela, unos 70 mil millones de dólares. Los créditos que ha entregado China a través de bancos para el desarrollo han sido invertidos en proyectos energéticos, aunque gran parte de los mismos, debido al carácter discrecional con que fueron entregados, también han sido desviados para otros proyectos de infraestructura, muchos de los cuales nunca fueron finalizados.»

«Rusia cada vez exige más a cambio de los créditos que ha otorgado, y así es accionista en varias asociaciones estratégicas con Venezuela, incluyendo el 49,9% de Citgo, su empresa refinadora en Estados Unidos. Estas acciones habrían sido  entregadas a la petrolera rusa Rosneft.»

«Los créditos chinos, por su parte son pagados a través de contratos paralelos en la forma de envíos de petróleo en los que Pekín directamente controla la producción. Entre 2010 y 2013 el 64% de las líneas crediticias chinas hacia América Latina estuvieron dirigidas a Venezuela. Pero China hizo mal los cálculos y sobreestimó la capacidad del régimen de Maduro de cumplir con sus obligaciones contractuales: a ellos también parece haberles tomado por sorpresa el desmoronamiento de la capacidad productiva de Pdvsa, la petrolera estatal venezolana.»

«La presencia rusa y china en Venezuela no se limita a lo económico: China maneja una estación satelital ubicada en el estado Guárico, en la base aérea Capitán Manuel Ríos, y Rusia está presente en una base naval en la isla La Orchila. Hace poco fue noticia además la llegada de 99 soldados rusos por el aeropuerto internacional de Maiquetía. Moscú tiene asimismo planes de desplegar una base de bombarderos nucleares en una isla en las costas venezolanas, lo que sería la mayor presencia rusa en el Caribe en más de medio siglo.»

«Superando una larga historia de desconfianza mutua, Rusia y China han establecido una alianza informal para hacerle contrapeso a Estados Unidos, y Venezuela es ahí una pieza importante. Y si bien los intereses chinos son sobre todo económicos (vista la gran inversión que han realizado en ese país y sus propias necesidades energéticas), el interés ruso parece ser sobre todo geoestratégico: la gran ambición de Putin es volver a los tiempos en que su país se disputaba con Estados Unidos el control del planeta. La “Gran Rusia” es su sueño.»

«Aunque Maduro insista en el tema de la soberanía cuando exige que Estados Unidos saque sus manos de Venezuela, lo cierto es que tal vez nunca la soberanía venezolana haya estado tan comprometida y su futuro tan hipotecado ante las ambiciones de chinos y rusos.»

«Sin embargo, Rusia no tiene los recursos para sacar a flote la devastada economía venezolana, y China ya ha cometido varios errores en este sentido y cada vez está más renuente a seguir entregado fondos a ese barril sin fondo que es el régimen de Maduro.»

«Un futuro gobierno tendrá que reestructurar la gigantesca deuda que se tiene con Rusia y China, gran parte de la cual es además ilegal toda vez que fue contraída sin la aprobación de la Asamblea Nacional (al menos todos los créditos que se han otorgado en los últimos tres años).»

«Moscú y Pekín buscan aminorar los riesgos y así han mantenido contacto con representantes del gobierno de Juan Guaidó, pero por ahora apoyan firmemente a la cleptocracia de Maduro. Las consideraciones económicas y geopolíticas prevalecen sobre intereses morales o humanitarios.»

Artículo completo de José Clavijo (en inglés)

The Geopolitics of the Venezuelan Crisis

A great game is gaining momentum in Venezuela pitting the US against the entrenched interests of China and Russia. Over the years, as Hugo Chávez and then Nicolás Maduro mismanaged the economy and systematically eroded the rule of law, the increasingly ostracized regime turned to Moscow and Beijing for support. Both were keen to gain a foothold in a strategically located country, awash with natural resources, right in the US’s backyard. Moscow and Beijing have injected roughly US$ 90 billion into Venezuela (a notorious lack of transparency hinders exact estimates). The funds have come mostly by way of massive loan-for-oil agreements at discounted prices. But they have also signed substantial military contracts ranging from sophisticated Russian weaponry to Chinese riot-control gear. Beijing alone has invested around $70 billion in Venezuela. The loans provided by Chinese development banks were invested in the energy and mining sectors, but because of their discretionary nature, the funds were also diverted to other infrastructure projects. Lamentably, many of these projects remain idle or unfinished.

Nevertheless, the Venezuelan regimes’ corruption and economic mismanagement has meant that the largesse has come with increasing demands. Russia has large minority stakes in several major joint ventures in oil and gas with PDVSA -Venezuela’s crumbling national oil company- including a lien on a 49.9 percent share in Citgo, its huge US-based refining arm that served as collateral for the most recent Russian loans. For its part, Chinese loans are being repaid through parallel contracts in oil shipments where Beijing directly controls production. As a result, China and Russia are the country’s main bilateral foreign creditors, making the Maduro regime not only economically indebted to Asia’s largest autocracies, but existentially so, as any withdrawal of support would lead to its collapse.

Both countries also have an embryonic security presence in Venezuela, including a Chinese satellite tracking facility and a Russian cyber presence. In addition, Moscow intends to establish a forward base of strategic nuclear-capable bombers in an island off Venezuela’s coast, in what would be its largest presence in the Caribbean in half a century. The rapprochement of the Maduro regime with China and Russia provide these with strategic regional clout in their global rivalry with Washington. Anti-US, “axis of evil” aligned Venezuela has become an outpost that serves as leverage in their ongoing tensions over Washington’s meddling in their own regional spheres of influence: namely, Eastern Europe and the “near abroad” in the case of Moscow, and the South China Sea and Taiwan for Beijing.

Notwithstanding a long history of mutual distrust, the search for an alternative to the US-led international liberal order has compelled China and Russia to forge an informal alliance of convenience in recent years. But the alignment is untested, as their economic profiles and strategic interests differ considerably. Though they share a steadfast presence in Venezuela, these diverging interests are evident in their respective strategies.

China’s vaster commitment is tempered by economic prerogatives. The strategic bilateral relationship was initially politically and economically expedient. China needed to diversify and increase its voracious energy demands. Meanwhile, leftist strongman Hugo Chávez, mistrustful of Washington and intent on ending Venezuela’s overreliance on oil exports to the US, was searching for new partners outside the Western liberal realm. China invested heavily: from 2010 to 2013, approximately 64 percent of its credit lines to Latin America went to Venezuela. Regardless of the criticisms aimed at Chinas “debt-trap” diplomacy, its stalwart presence in Venezuela was supposed to be a showcase of its alternative development and aid model. But Beijing perilously miscalculated the country’s capacity to fulfill its contractual obligations, as oil production collapsed due to a decline in prices, corruption and ill-conceived policies. As a result, China has attempted to diminish its financial commitments in the country.

Despite its impressive presence in the energy sector, Russia’s priorities in Venezuela tend to be geopolitical. In Putin’s attempts to revive the country’s aggrieved sense of grandeur and confront US interests wherever it finds kindred spirits, Venezuela plays the role of spoiler. Hence, Caracas’s prominent role in Russia’s attempts to diversify its economic and security ties into the Middle East, South Asia and South America. While Beijing has opted to lend defensively to hopefully facilitate repayment and raise oil exports, Moscow’s more conciliatory stance has allowed for flexible debt restructuring and the provision of timely bailouts in exchange for juicy energy assets at discounted prices. Venezuela, after all, has the world’s largest oil reserves. The obtainment of valuable oil and gas extraction licenses allows Moscow to become a bigger player in the global energy market. The greater exposure is not devoid of risks. Whereas several smaller Russian energy companies have pulled out of projects, energy giant Rosneft has doubled down, taking greater operational and shareholder control of its investments due to gaping holes in the balance sheets of joint ventures and disappointing oil output. The fact that Rosneft has yet to break even on its estimated US$ 9 billion investments in Venezuela over the past decade lends credence to the political nature of Russia’s presence.

The Maduro regime’s forebodings of US imperial designs on Venezuela’s abundant natural resources conveniently overlook that it has already ceded tranches of its sovereignty to Moscow, Beijing and Havana. The three seem to represent a bigger “imperial” threat to the country’s self-determination than any abstruse US intentions. This time around, though, Washington is not a unilateral interventionist power but rather part of a sweeping coalition of democracies throughout the Americas, from Canada to Argentina, that are pressing for a return to democracy. If successful, the realignment of interests with the rest of Latin America could portend a new and more dynamic relationship. Unlike China and Russia’s rather predatory presence in Venezuela, the US has in recent decades pursued conciliatory policies towards the region based on common values and concerns. Long gone is the era ofdirect and indirect meddling. Democratic values, improved governance, increased trade and investment flows, and specific risks such as drug trafficking and money laundering are overriding issues.

The historical juncture couldn’t be more propitious for change, what with thewaning of leftist populism in the region and the repercussions of Venezuela’s collapse transcending its borders and potentially overwhelming the region’s support mechanisms. But the US needs to tread carefully and utilize the current goodwill to forge a peaceful transition in Venezuela. There is a risk of both escalation and miscalculation. The Trump administration’s policy towards Venezuela contrasts with its retrenchment from the international arena, and seeming disregard for the promotion of democracy and human rights. Moreover, it’s is being conducted by neocons such as John Bolton and Elliott Abrams, with a past penchant for interventionism; while there is a dearth of Latin American specialists at both the White House and State Department that could provide measured advice. Concurrently, the new US security strategy deprioritizes the fight against terrorism to focus on great power rivalry, in particular, the risks posed by a rising China and a resentful Russia. Venezuela could well become a testing ground for Washington’s new strategic interests.  

For all the media headlines, for all the allegations of imperialism and interventionism by the Maduro regime, the Venezuelan crisis is above all a human tragedy. The country was once the most prosperous and stable in Latin America. Now its people suffer the worst humanitarian and economic calamity in the Americas in modern times. Venezuela’s GDP has shrunk by 50 percent in the last five years, unheard of in a country not at war. Inflation surpassed 1,000,000 percent last year, the only continued instance of hyperinflation in the world. Venezuela is one of the world’s most corrupt countries, with the regime widely accused of human rights violations towards its population, including the use of torture and executions. Institutional collapse has brought a breakdown in law and order, resulting in one of thehighest murder rates in the world. Poverty based on income has exploded in recent years, with at least 87 percent of the population living under the poverty line, and 61percent in extreme poverty.

Privations and coercion at home have led to an exodus. But adversity beckons both those who leave as well as those who stay behind. Malnutrition is rampant. People are dying for lack of medicines, and of diseases that were eradicated decades ago. Maduro is reluctant to recognize the humanitarian crisis for fear of acknowledging the systemic failure of the so-called Bolivarian Revolution, the brainchild of his mentor Hugo Chávez. But Venezuela may not survive many more years of “revolution”.

Russia lacks the resources to single-handedly bail out Maduro’s regime, and China’s recent experience serves as a cautionary tale. Whatever the denouement to the Venezuelan crisis, both will play a role in the country’s future. China is the third largest client after the US and India – of Venezuelanoil exports, which account for roughly 95 percent of its foreign earnings. A future democratically elected government will most likely have to restructure its huge sovereign debt, including onerous and dubious Chinese and Russian loans. Russia and, to a lesser extent, China have been Venezuela’s main suppliers of weapons. Caracas will need to maintain the military relationships for spare parts and maintenance of its matériel. Both will lose a strategic regional ally in Maduro, but their influence will remain, though probably much diminished.

Moscow and Beijing are leveraging their risks and talking to representatives of the interim government. For the time being though, they are firmly behind Maduro’s kleptocracy. Economic and geopolitical considerations prevail over moral and humanitarian concerns. China and Russia’s distinct autocratic models pose a challenge not only to the Western liberal order but to market democracies around the world. If they aspire to challenge the prevailing order, their actions in Venezuela leave much to be desired.

Original article: https://thegeopolitics.com/the-geopolitics-of-the-venezuelan-crisis/

Jose Clavijo es un diplomático venezolano jubilado anticipadamente. Tuvo actividad en Túnez, Dinamarca, India, Japón, República Dominicana, Filipinas y Marruecos. También fue el jefe del Departamento de Asia y Oceanía en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Clavijo estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Nueva Orleans, Estados Unidos, y en la Universidad Americana en El Cairo, Egipto. Obtuvo su Maestría en Política Internacional de la Universidad de Bristol, Reino Unido.

Imagen inicial: Composición con insumos de Creative Commns.

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