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Luego de mucho tiempo se ha descubierto la causa y sí, tiene al ser humano como su peor enemigo, pero también su mayor esperanza.

Javier Brassesco

(Agosto 8, 2018). Desde hace unas tres décadas los científicos comenzaron a alarmarse por un hecho que tal vez no parezca demasiado importante al ciudadano promedio, pero que podría resultar catastrófico para el planeta: la muerte de las abejas.

En 1988 había unas cinco millones de colmenas en Estados Unidos, y para 2015 el número se redujo a la mitad, unas cifras parecidas a las del resto del mundo, que ha visto caídas de entre 30% y 90%. No es por falta de esfuerzo de parte de los apicultores, las abejas simplemente mueren.

Su mortalidad actual se calcula en 20% (muere una forma repentina de cada cinco que nacen), cuando hace una década era de 7%

Antes de hablar de las posibles causas de este fenómeno, que trae de cabeza a los científicos desde hace décadas, hay que dejar claro que se trata de un hecho que podría tener consecuencias muy importantes (y negativas) para el ser humano. La Agencia Europea de Seguridad Alimentaria, la EFSA, publicó un informe en donde cuenta que de las cien especies vegetales que proporcionan el 90% de los alimentos que consumimos, setenta y una son polinizadas por las abejas. Sin polinización, por ejemplo, los árboles frutales no darían frutos

El mundo es un frágil ecosistema en donde cada especie tiene una función. Y la de las abejas no es nada desdeñable: la polinización hace posible que una de cada tres comidas que consume el ser humano sea posible. Y no es solo la comida que consumen los humanos, sino también el ganado y los animales que los humanos consumimos. La extinción de las abejas provocaría una hambruna sin precedentes en el planeta.

¿Por qué mueren?

Durante décadas los científicos trataron de determinar sin éxito la causa de esta desaparición gradual.

Se lanzaron cientos de hipótesis, se analizaron sus tubos digestivos, la composición de su hemolinfa, las propiedades anatómicas… y los resultados nunca eran concluyentes. ¿Enfermedades, un hongo destructor, los pesticidas, el estrés al que las someten los apicultores, la telefonía móvil, especies invasoras, el cambio climático, todos estos factores juntos?

Desde hace tiempo se sospechaba de los pesticidas, y hoy las hipótesis más aceptadas apuntan en esta dirección. Y en especial uno conocido como neonicotinoides, sustancias sintéticas que actúan en el sistema nervioso central de los insectos y también en los vertebrados, aunque en menor medida. Se utilizan sobre todo en los cultivos de algodón, colza, maíz y girasol.

Precisamente por este efecto en los insectos se utilizan para proteger a las plantas de los mismos, pues les causa parálisis y la muerte en pocas horas. Los neonicotinoides bloquean una ruta neuronal específica que está presente en los insectos y no en otros animales. Las abejas se contaminan al libar las flores. Además esta sustancia es soluble en el agua, por lo que alcanza a muchísimas otras plantas, no solo a las que la recibieron directamente.

En las abejas el efecto es más lento que en otros insectos, pero también más destructivo. Poco a poco debilita a toda la colonia y las hace más susceptibles a hongos y parásitos, y precisamente por esto fue difícil determinar el culpable original, pues muchas de las abejas que mueren están infectadas por éstos. Pero también muchas morían prematuramente sin una causa aparente, por lo que se lanzó la hipótesis de que tal vez eran especialmente susceptibles a la telefonía móvil o al cambio climático, por ejemplo.

Los neonicotinoides como gran culpable es un descrubrimiento que solo muy recientemente ha venido obteniendo el visto bueno de los científicos, y ya en el mundo se están tomando medidas para prohibir de inmediato estos venenos neuroactivos. La Unión Europea reforzó las restricciones que ya venía aplicando desde 2013. El problema es que es más resistente de lo que se creía, y puede permanecer durante años en el ambiente.

Grandes empresas químicas como Bayer, Basf o Syngenta, comercian este veneno y lo venden de manera global (con denominaciones como Clothianidina, Imidacloprid y Thiamethoxam).


Imagen inicial: Pixabay.

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