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Con resabios autoritarios pero un temperamento más conciliador en la campaña, no sabemos si AMLO ha cambiado su estilo o solo quiere despejar preocupaciones en moderados e indecisos. Es tradición en Latinoamérica (y quizá en la política en general) que las campañas son procesos de cortejo donde usualmente se dice lo que la gente quiere escuchar.  

Javier Brassesco

(Mayo 31, 2018). Desde el comienzo formal en febrero de la campaña electoral en México, el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia (Morena y otros partidos), Andrés Manuel López Obrador, marcha al frente de todas las encuestas para las presidenciales del próximo 1 de julio.

A mediados de febrero el diario español El País realizó un estudio de 12 encuestas y el promedio de éstas daba 10 puntos de ventaja a AMLO sobre Ricardo Anaya (coalición Por México al Frente, con el PAN, PRD y Movimiento Ciudadano) y 12 sobre José Antonio Meade (coalición Todos por México, en donde está el PRI).

En la última encuesta del diario Reforma (http://www.laprensa.hn/mundo/1182905-410/lopez-obrador-sera-proximo-presidente-mexico-segun-encuestas), AMLO dobla a Ricardo Anaya: 52 puntos contra 26. Así las cosas, su victoria parecería cantada.

Esta perspectiva ha desatado el terror en muchos sectores, y el candidato ha sido tachado de “peligro para la sociedad” y de “populista”. Varios empresarios mexicanos se han dirigido a sus empleados advirtiéndoles que un modelo populista tipo Venezuela sería un peligro para sus puestos, en una clara referencia a AMLO.

El candidato irreverente de 2006 (cuando perdió las elecciones por apenas 0,56% y denunció haber sido víctima de un fraude) o el carismático profeta de 2012 han dado paso a una figura mucho más conciliadora, con un discurso y unas acciones más moderadas: estableció una alianza con un partido muy conservador y afín a los evangélicos como Encuentro Social y también con una senadora del PAN que fue una firme opositora cuando López Obrador gobernó Ciudad de México entre 2000 y 2005: Gaby Cuevas. Incluso desde su gestualidad es evidente el cambio: ahora habla más pausado y no pierde ocasión para exhibir un discurso conciliador, por hacer ver que encarna una alternativa que representa a todos los mexicanos. “Queremos unir a todos los Méxicos”, no se cansa de repetir Alfonso Romo, encargado de desarrollar el plan de gobierno de AMLO.

Conciliación como estrategia o nuevo estilo

¿Es esto parte de una estrategia o de verdad maduró como líder político? Sus ataques a analistas que lo tacharon de oportunista por estos cambios, como Jesús Silva Herzog Márquez o el un historiador como Enrique Krauze, intercambiando tweets a la manera de Trump, volvieron a evidenciar para muchos su poca tolerancia y escasa autocrítica, un señalamiento con el que siempre ha tenido que lidiar AMLO.

Otra de las críticas hacia el candidato de Morena es su ambigüedad a la hora de opinar sobre el régimen venezolano, del que nunca se ha terminado de desmarcar (aunque tampoco ha expresado su apoyo y nunca se reunió con Chávez o Maduro):

También la relación de AMLO con el principal líder izquierdista de ese país, Cuauhtémoc Cárdenas (hijo del presidente Lázaro Cárdenas), ha sido algo ambigua, y a veces parecen estar cerca y a veces no tanto.

A la hora de afirmar que AMLO es antes un pragmático que un líder con ideología de izquierdas, muchos recuerdan que sus inicios fueron en el PRI, el principal partido del establishment, aunque ya hace 30 años que lo abandonó.

En cuanto a su programa de gobierno, si hacemos caso a los principales anuncios que se han hecho, tenemos que: prometió respetar la autonomía del Banco de México y mantener los equilibrios macroeconómicos, rechazó la posibilidad de aumentar impuestos o de realizar una reforma fiscal para no perjudicar al sector productivo del país, reducción de gasto corriente para aumentar inversión pública, el gasto público se financiará con fondos obtenidos del combate a la corrupción, suprimir fueros y privilegios (disminución de sueldos en altos cargos), descentralizar el gobierno federal colocando dependencias del gobierno por todo el territorio (existe un plan de reubicación de más de 30 dependencias gubernamentales), rescatar el campo fomentando la producción interna, detener la caída en la producción de petróleo y sus derivados, garantizar acceso a internet en todo el territorio.

Aunque no hay aquí muchos indicios de una política populista, sus detractores insisten en que se trata de una puesta en escena, que no es más que populismo y oportunismo para, una vez ganada la presidencia, proceder a la estatización de empresas, y a la derogación de reformas energéticas y educativas para que el Estado tenga una mayor participación en estos sectores.

Y además señalan que uno de los puntos de su programa de gobierno sí es abiertamente populista: el ofrecimiento de duplicar la pensión a los adultos mayores. Sus detractores se preguntan de dónde saldrá ese dinero: dudan que sea una medida que pueda ponerse en práctica.

Nuestra validación

La verdad es que AMLO es lo que se diría “un enigma envuelto en un misterio”. El candidato de 2006 y 2012 era más típicamente izquierdista que este hombre conciliador y de hablar pausado que hoy vemos. ¿Creció políticamente o entendió que esa era la manera de agradar a una cantidad mayor de mexicanos?

Tiene un fuerte carácter y no es demasiado tolerante ante quienes le critican, lo que permitiría pensar que hay en él algunas tendencias hacia el autoritarismo, pero eso solo podrá determinarse una vez que esté en la presidencia, si llega hasta ahí (según la máxima de Lincoln, nada mejor para conocer de verdad a una persona que darle poder).

Con el régimen chavista no ha tenido relaciones conocidas (ni con Chávez ni con Maduro), pero tampoco ha terminado de desmarcarse, y de Cuauhtémoc Cárdenas a veces se aleja y luego vuelve a acercarse.

 

 


Imagen principal: VK.

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