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Muchas coincidencias, sincronicidades o eventos aparentemente fantásticos ocurren más en la mente que en el afuera. Aquella ilumina lo que queremos creer e invisibiliza el resto. Esto no excluye que haya fenómenos que no tengan explicación científica, pero sí cubre la mayoría de las cosas que parecen tener significados ocultos y misteriosos.

Fernando Nunez-Noda

(Octubre 18, 2018). En Facebook (lugar donde hay de todo un poco) un amigo publicó un post sobre el famoso 11:11, usualmente ligado a la hora 11 con 11 minutos. Esa combinación tiene multitud de significados místicos o supersticiosos, por ejemplo: se dice que algunos asesinatos de alto perfil se cometieron a esa hora.

En un comentario de la mencionada publicación, otro amigo comentó sobre el número 13. “A mí me aparece a cada rato. Me asomo por una ventanilla del avión y leo esos letreros con números y es el 13 en la pista…..subo o bajo el volumen del televisor y siempre se detiene en el 13, siempre aparece el 13 por alguna razón y la otra con otro número”, me dijo.

Yo soy, en general, escéptico con estas correspondencias, coincidencias o sincronicidades. No las niego o descarto, solo busco las explicaciones científicas primero, tanto como sean posibles. Y entonces recuerdo el llamado “Sesgo de Confirmación” (Confirmation Bias). Scott Plous, un psicólogo estadounidense, la define como “la tendencia a favorecer, buscar, interpretar y recordar la información que confirma las propias creencias o hipótesis, dando desproporcionadamente menos consideración a posibles alternativas.”

Esta manipulación inconsciente se aplica, por ejemplo, a la superstición. Ocurre que quienes “quieren” creer suelen destacar ciertos eventos y desconocer otros. Por ejemplo, si se atraviesa un gato negro y ocurre algo malo, una noticia negativa o un súbito dolor, la persona se lo atribuye al gato. Si nada malo pasa, la mente ignora completamente al minino que cruzó. La superstición queda intacta.

Las mujeres inseguras lo viven a diario. Si entran a un gimnasio solo ven a las de cuerpos espectaculares y se sienten miserables. Las otras, con figuras comunes o pasadas de peso se hacen completamente invisibles.

Facebook, por cierto, es un pozo del sesgo de confirmación. Cuando alguien se siente “down” solo mira a la gente que está en la playa, o viajando o estrenando cualquier cosa. Pero si el amor de su vida acaba de decirle que “Sí” solo nota las flores, los paisajes, los carteles inspiradores de autoayuda. El resto se hace inexistente o irrelevante.

En el caso del 13 de mi amigo (no lo puedo asegurar) es posible que haya una fijación mental con ese número, de modo que la mente invisibiliza (en el sentido de no otorgarle simbolismos o significados a) al resto de los números, pero activa las neuronas cuando aparece el susodicho. Al igual que 11:11: estadísticamente hay tantos eventos cruentos o inexplicables en 8:8, 12:12 o en horas menos simétricas: 10:06, 00:06… Simplemente la mente hace un “destacado” (feature) y lo demás lo pone en penumbras.

Sesgo y noticias falsas

Obviamente quienes distribuyen noticias falsas suelen usar este sesgo para reforzar la desinformación. Basta saber qué quiere leer o escuchar la gente, para introducirlo subliminalmente en textos, imágenes o videos. Por ejemplo, se hace un “focus group” (un estudio de audiencias con pocas personas a las que se entrevista según una metodología específica) y se extraen los estímulos (palabras, imágenes, sonidos, conceptos) que mueven las emociones de la gente en un tema cualquiera. Se analizan estas palabras y qué reacciones producen en el grupo.

Luego se hace una campaña que genere estos estímulos, muy bien distribuidos en los mensajes, muchas veces de formas escondidas o disfrazadas. La audiencia reacciona a éstos tal como quieren los emisores. En publicidad vale, porque no es ilegal sino meramente manipulador. Pero en campañas para engañar a la gente, se comete una falta ética importante. Se engaamanipula la sique para que la mente acepte algo engañoso o falso como cierto.

El caso de Lincoln y Kennedy

En VerifiKado tratamos hace unas semanas el caso de dos ex presidentes estadounidenses cuyas vidas, aparentemente, presentan coincidencias sorprendentes:

Lincoln y Kennedy: un caso clásico de coincidencias sesgadas

Por ejemplo:

Los nombres de Lincoln y de Kennedy tienen siete letras. Fueron electos al Congreso en 1846 y 1946 respectivamente. Fueron electos también a un siglo de distancia (1860-1960). Apenas se inauguraron les sobrevino la guerra. Ambos murieron al lado de sus esposas, sobre su regazo, un mismo día viernes. Luego de morir, a ambos les sucedió un vicepresidente de apellido Johnson, cuyas fechas de nacimiento estaban separadas por un siglo (1808-1908).

 

¿Quiere más? Lincoln fue asesinado en un teatro llamado Ford, Kennedy en un carro hecho por la Ford pero llamado Lincoln. El asesino de Lincoln disparó en un teatro y escapó hacia un almacén. El de Kennedy disparó desde un almacén y se escondió en un teatro.

 

Los asesinos de ambos usaban tres nombres (John Wilkes Booth y Lee Harvey Oswald), lo cual no es práctica común en EEUU y sus nombres suman, cada uno, 15 letras. Ambos nacieron a un siglo de distancia (1839-1938) y fueron asesinados bajo custodia policial, antes de acudir a juicio.

No obstante:

Hay datos inciertos, en principio, como el que afirma que Lincoln tuvo una secretaria de apellido Kennedy y que John F. tuvo una de apellido Lincoln. Aunque lo segundo fue cierto, lo primero no. Tampoco hubo 100 años entre el nacimiento de cada asesino, sino 99.

 

Datos correctos también conducen a conclusiones equívocas. Por ejemplo, que ambos asesinos usaban sus tres primeros nombres. Se dieron a conocer como tal por la prensa, luego de sus respectivos magnicidios, pero antes de tales eventos el de Lincoln era llamado por la inicial de su primer nombre y los dos nombres siguientes, mientras que el de Kennedy solo como “Lee” u otras variaciones con menos de tres nombres.

 

Si juntamos datos dudosos o forzados y los aislamos y escondemos de las diferencias, podemos construir expedientes sobre coincidencias que no son tales o no lo son tanto.

 

Cuando nuestra mente percibe una “sincronicidad”, coincidencia, casualidad, como lo llamemos, hay una resonancia, algo se ilumina, hay un chispazo de asombro. Si vamos en nuestro carro tarareando una canción, encendemos el radio y la están tocando ¡eso detona en las neuronas! Es demasiado relevante para ignorarlo y no darle un significado especial. ¿Magia, un mensaje secreto, una premonición?

 

No obstante, el cerebro no registra los casos (miles de veces más comunes) de cuando tarareamos la canción, encendemos la radio ¡y están tocando otra! Es un evento intrascendente, de modo que ni siquiera deja una marca en la psique (por lo menos no una respecto a la conexión de los dos eventos).

Objetividad y ecuanimidad

Por eso, si no somos capaces de ver los detalles con férrea imparcialidad, la mente nos engañará para reafirmar las creencias. Hará brillar y resonar “evidencias” a favor y ocultará u oscurecerá aquellas que igualen ambos argumentos o nos refuten.

Un buen ejercicio es entrenarnos para acoger un argumento contrario y defenderlo, como hacen en los debates universitarios. Ser el abogado defensor de algo en lo que no creemos. En la mayoría de los casos no llegaremos a convencernos, pero sin duda miraremos el asunto con mayor imparcialidad y menor emocionalidad.

 


Imagen inicial: VK con insumo de Pixabay.

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