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Personalización, sobreestimación de las capacidades y animosidad, entre otras causas, han transformado el debate público de las redes en un campo de batalla.

(Abril 9, 2019 – De la columna de Fernando Nunez-Noda en El Nacional).

Mi trabajo reciente con #fakenews y «posverdad» ha sido muy interesante, pero no propiamente renovador de mi fe en el debate público. He estudiado dos semanas continuas de intercambios en Twitter, seleccionando al azar discusiones sobre tópicos específicos de Venezuela (escasez, intervención militar, migración) entre chavistas y opositores (tanto si discuten con pares o con contrarios).  A grandes rasgos, estos son mis hallazgos:

* La conversación en redes rara vez es un intercambio de conocimientos. Casi en su totalidad son un ejercicio de poder, una forma de imponer las ideas propias y ser con teclas lo que no se puede ser en huesos y músculos.

* Hay muchos que inician una conversación con la idea fija de imponer una opinión. Responden para aleccionar, preguntan solo para refutar, no leen pero se molestan si no los leen. ¡Vaya fauna! Me cuido de no hacerlo aunque una que otra vez, sin querer, lo he hecho.

* En ambientes muy polarizados la verdad (o mejor dicho, lo «verdadero») es el enemigo. Lo verdadero da miedo excepto cuando nos beneficia o da la razón. Pero estadísticamente lo verdadero nos refuta y nos contradice la mayoría de las veces, así que se suele demonizar, desprestigiar y tratar de destruir.

* La mayoría de las personas, como decía el general Jessup en la película A Few Good Men, no «puede manejar la verdad». Prefiere autoengañarse que tener el brío de vivir con aquello que lo contradice o atormenta.

* Lo anterior tiene su lógica. La mente busca bajar la angustia y el estrés, de modo que nos condiciona a dudar y a fabricarnos la mejor «verdad alternativa» para cada convicción incómoda o estresante.

* La mayoría (+90%) prefiere moverse exclusivamente en el terreno de las opiniones, no de los datos. Las opiniones son fáciles, moldeables, no requieren mayor investigación (como el dicho: “lo que no sabe lo inventa”) solo el «bully» necesario para imponerlas a los enemigos, digo, a los interlocutores.

* Algo que practica la gente sensata para navegar esos mares sin alterarse es no involucrarse emocionalmente en las discusiones y debates. Si le dicen: «Esto es como yo digo», contestan algo como: «OK, bien. Voy por un café, con permiso».

* A mi juicio, la principal razón por la cual un debate pasa a confrontación es el llamado “argumento ad hominem”, es decir, la tendencia a personalizar la discusión y pasar de tópicos y conceptos a referencias directas y personales del interlocutor. Por ejemplo: A dice “yo creo que el político X ha cometido sus errores, pero es una persona decente y trabajadora”. B contesta: “Es que tú eres un colaboracionista, defensor de corruptos”. Fin del debate o descenso al intercambio de ofensas.

* En general, muchos opositores han igualado el nivel de autoengaño, agresividad y desvarío de los chavistas. Lo de «guerra de ideas» no es una metáfora, es el día a día en las redes.

* Los opositores pelean entre sí al menos 7 veces más que los chavistas en una muestra de conversaciones que analicé.

* Eso sí, el nivel de los chavistas es patéticamente subterráneo comparado al de los opositores. En general son más procaces, provinciales, ignorantes, a lo cual hay que agregar una buena dosis de lavado de cerebro.

* Y así, tenía razón Umberto Eco. Tenía razón Carlyle con que «los argumentos no convencen a nadie, solo la autoridad». Pero vale decir que los ignorantes, los bullies y los peores conversadores son minoría; digamos, entre la mitad y una cuarta parte. Pero son una minoría ruidosa que hace parecer que dominan las redes. En realidad estos vociferan y la mayoría de gente sensata y discreta simplemente se abstiene de intervenir.

* La búsqueda de conocimientos casi no existe. El show-off de conocimientos sí. Y todo eso mostrando el “efecto Dunning-Kruger”, que es un “sesgo cognitivo, según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real”. Entren a las redes y lo verán en vivo y directo. Nicolás Maduro es, probablemente, el ejemplar más representativo que me viene a la mente en este momento.

* La emocionalidad le gana a la racionalidad, en un cálculo al vuelo, en unos 9 de cada 10 intercambios. Equivale a decir que “gana” el que grite más fuerte.

* La mayoría no relaciona calidad de información con calidad de decisión. Prefiere irse por el barranco con una mala decisión producto de una información que le place, que llegar al paraíso con un dato que no le guste. Eso obedece a la frase que abre este párrafo.

Las redes sociales y todo espacio de intercambio en línea pueden ser mejores si ponemos de nuestra parte. Sobre todo si evitamos los sesgos y las impulsividades que pervierten el ancestral hábito de intercambiar información. Sin animosidad, ni imposición; sin acoso ni descalificación. Y sí, sin “ad hominem” ni “Dunning-Kruger”. Nos vemos en las redes.


Imagen inicial: VK

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