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¿Puede Trump ordenar a compañías de EEUU que abandonen China?

¿Puede Trump ordenar a compañías de EEUU que abandonen China?

Mayormente Falso

Aunque el Presidente tiene poder para restringir las acciones de empresas estadounidenses en otros países, nunca ha ocurrido por las razones que aduce Trump.

(Septiembre 9, 2019 – Javier Brassesco). Luego de que China impusiera aranceles por el orden de los 75 mil millones de dólares en bienes importados de Estados Unidos, el presidente Donald Trump respondió diciendo a través de un tweet del 23 de agosto que “ordenaba” a las compañías estadounidenses que comenzaran a buscar una alternativa, incluyendo la posibilidad de traer sus empresas de vuelta a Estados Unidos.

Luego Trump se desdijo dos días después asegurando que no tenía intenciones de exigir a las empresas estadounidenses en China que volvieran a casa, y Larry Kudlow, asesor económico, también afirmó en CNN que no lo intentarían por ahora, aunque el presidente podría hacerlo si quisiera.

¿Tiene un presidente esa potestad? No está claro, y entre los expertos no existe un consenso al respecto.

El presidente citó al respecto la Ley Económica de Emergencia Internacional (IEEPA, por sus siglas en inglés) de 1977.

La IEEPA autoriza a un presidente a prohibir “cualquier transacción en suelo extranjero” en una emergencia nacional declarada, pues de acuerdo a la organización no partidista    CRS (Servicio de Investigación del Congreso) la idea de dicha ley es hacer frente a una amenaza mayor o inusual.

En general ha sido utilizada por distintos presidentes para imponer sanciones a otros países, y así Jimmy Carter la invocó cuando congeló bienes iraníes, o Ronald Reagan cuando prohibió las exportaciones hacia Nicaragua o impidió algunas transacciones con el régimen sudafricano de entonces.

¿Representa la situación con China una emergencia? Trump dijo el 25 de agosto (dos días después del mencionado tuit) que no tenía intenciones de invocar una emergencia nacional por el tema chino, pero igual queda la duda de hasta dónde llegaría su poder en ese caso, y qué tanta oposición podrían hacerle las cortes federales.

En cualquier caso, está claro que la intención original de dicha ley, y para lo que ha sido utilizada hasta ahora, es para ejercer acciones en contra de otros países, no contra las propias empresas estadounidenses.

La ley permite a Trump, coinciden los analistas, prohibir a las compañías de hacer futuras inversiones en China, pero ordenar a las que ya están allí que abandonen el país probablemente va demasiado lejos.


Imagen inicial: VK con insumos de Pixabay.

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China y cómo controla digitalmente a su población

China y cómo controla digitalmente a su población

China usa cuatro herramientas para controlar a su población. Vea cuáles son y cómo funcionan.

(Agosto 18, 2019 – Redacción). La Fundación para el Progreso, FPP con sede en Chile ha publicado un excelente artículo y video sobre cómo China mantiene una censura draconiana sobre sus ciudadanos. Lo explica la periodista e investigadora Sascha Hannig, Coordinadora de Proyectos del equipo de Relaciones Internacionales de la FPP. Esta censura y control social se realiza desde el tope de la jerarquía china a través de cuatro acciones de control social:

Las cuatro herramienta chinas para el control social son:
1. La Gran Muralla Digital
2. Crédito Social Digital
3. Supervigilancia orwelliana
4. Lealtad público-privada (por las buenas o por las malas)

Sascha Hannig es coordinadora de Proyectos del equipo de Relaciones Internacionales de la Fundación para el Progreso (FPP). Periodista, minor en historia y economía de Oriente, candidata a Magíster de la Universidad Adolfo Ibáñez y Alumni de la Universidad el Cato 2013. Fue presidenta de la Federación de Estudiantes de la UAI (2016) y colaboradora en El Mercurio. Ha publicado novelas de ficción (2010, 2012, 2015) y artículos académicos en análisis internacional.

Artículo completo de f.p.p.

Distopía Digital: Cuatro herramientas que China usa para controlar a su población

Publicado en: https://fppchile.org/es/distopia-digital-cuatro-herramientas-que-china-usa-para-controlar-a-su-poblacion/

«Este sitio web no está disponible», decía la pantalla de la computadora, llena de ideogramas y garabatos que no tenía cómo entender. Había tratado de entrar a Facebook, Google, Twitter, Hotmail, Yahoo —¡lo que fuera!— para escribirle a mi familia y amigos. Tenía 16 o 17 años, acababa de llegar a China y era ingenua. Llamé a la recepción del hotel donde me había alojado en Shenzhen y me dijeron que nada de eso «existía». Entonces pregunté cómo podía comunicarme con el resto del mundo. Debía usar WeChat (el «Whatsapp» chino) o, según me dirían mis conocidos después, «burlar la seguridad» con un VPN y fingir ser un computador irlandés.

Esa primera experiencia con «La Gran Muralla Digital» (The Great Firewall) me dejó un sabor amargo en la lengua, como sucede a muchos extranjeros que chocan con ella[1]. Y es que, si bien hay alternativas chinas para gran parte de las redes que utilizamos en Occidente, todas carecen de elementos que, para quienes crecimos como internautas, son esenciales: la libertad de acceso, la comunicación abierta con la comunidad o la producción libre de contenidos. El gobierno de China, en lugar de esto, dispone de un sistema que controla y censura activamente todo lo que se produce.

Parece increíble. En Occidente damos por sentado que internet es una herramienta que nos libera y «horizontaliza» el poder. Solemos creer que la tecnología siempre aporta a nuestra calidad de vida, y que es el resultado del trabajo de muchos actores de distintas naturalezas y adscripciones — ingenieros, inventores, académicos, empresas privadas y organismos gubernamentales con ciertos grados de independencia, etcétera— [2], pero no es necesariamente así, al menos, no para China.

El control tecnológico del gigante asiático va más allá de borrar contenidos o prohibir plataformas occidentales. Tecnologías como la inteligencia artificial, la ciencia de datos, el control de la información y los más modernos avances, se han convertido en aliados que, posiblemente, lleven al país a ser la primera distopía digital de la historia. En particular, hay cuatro herramientas que el Partido Comunista Chino (PCC) utiliza hoy y que podrían llevar en esa dirección.

1. La Gran Muralla Digital

La censura del contenido por parte de gobiernos autoritarios es una práctica tan vieja y común que ya forma parte de sus manuales de ejercicio del poder. En el siglo XX, la manipulación y monopolización de los medios de comunicación, así como «pinchar teléfonos», leer la correspondencia privada y sesgar ideológicamente la educación, fueron herramientas que permitieron a las dictaduras controlar y caracterizar a sus enemigos para evitar que la población conociera sus errores junto a las las atrocidades que muchos cometían contra la población[3].

Para China, un país regido por una dictadura nacida en el siglo XX que alcanzó la «era de la información», la llegada de internet significó un desafío. Si bien ha sido una oportunidad para el crecimiento del país —China es hoy uno de los pioneros en economía digital[4]— también ha supuesto una potencial amenaza para la estabilidad y el control de la información, celosamente custodiada durante toda la historia de la República Popular. Así, desde fines de la década de los noventa, y prácticamente al mismo tiempo que internet comenzó a masificarse, las autoridades decidieron que internet debía ser tratado como un asunto de seguridad nacional[5]. De ahí la idea de levantar una protección, una muralla, para contener los peligros. A esto se le llama, The Great Firewall, aludiendo a la Gran Muralla China que dividió al país de sus enemigos antes de la conquista mongola.

¿Cómo hacerle frente a una tecnología de tan «alto riesgo», que prometía conectar, derribar barreras y darle voz a quienes estaban invisibilizados? Pues con una arquitectura de leyes, instituciones, empresas y otras herramientas tecnológicas diseñadas para la censura. Esto sumado ala combinación de estrategias orientadas al mercado, propaganda omnipresente, mecanismos de presión, persecución a disidentes y una importante inversión local e internacional para mitigar el impacto que esto significa para la imagen del país[6].

Dos décadas después, el resultado es una enorme y muy sofisticada máquina de control y censura que recrea una especie de realidad paralela en la que 800 millones de usuarios de internet, equivalentes al 54% de la población china[7], viven y operan en un sistema casi totalmente desconectado del resto del mundo.

El contenido que estos ciudadanos digitales pueden ver, producir o compartir, está limitado por legislaciones, filtros, rastreo, censores humanos e inteligencia artificial. Qiang Xiao, profesor de la Universidad de Berkerley, California, disidente chino y fundador del sitio China Digital Times, ha descubierto una serie de documentos sobre la estrategia del PCC a los que accede a través de informantes anónimos. El académico argumenta que existe una lista de noticias y comentarios que deben ser activamente prohibidos por los censores. Entre estos se encuentra todo lo que manche la imagen del PCC, que ataque al sistema o que aluda a los sistemas democráticos occidentales. También son objeto de censura cualquier cosa que fomente las asociaciones o sindicatos ilegales o, por ejemplo, que acuse la  restricciones a la libre expresión[8].

Y es que una broma, un comentario negativo o incluso una búsqueda curiosa constituyen una amenaza para los objetivos del PCC, que intenta mostrarse ante el mundo como un país exento de corrupción, estable y preocupado por el desarrollo[9].

“La gran victoria del sistema no es simplemente el bloqueo exitoso, sino que los ciudadanos no demanden información alguna y se conformen con el sistema”

Pero la limitación del acceso al contenido no es suficiente. El gobierno debe asegurarse de entrar en las mentes y los corazones de sus ciudadanos, normalmente mediante la exacerbación del nacionalismo y de ciertos valores políticos del sistema. Hay un enorme trabajo para posicionar ideas siguiendo una estrategia de «refuerzo positivo» que premia el «buen comportamiento». Por ejemplo, se le paga a ciudadanos para que escriban comentarios pro-gobierno en las redes y así influir en la opinión pública. Con el tiempo, se ha vuelto común la censura social o, más específicamente, el shaming (avergonzamiento público); son los mismos usuarios los que denuncian a quienes hablan en contra de los intereses del país[10]. Así, la gran victoria del sistema no es simplemente el bloqueo exitoso, sino que los ciudadanos no demanden información alguna y se conformen con el sistema[11].

Desde 2012, la administración de Xi Jinping ha puesto énfasis en el «microcontrol» de los comentarios, y la ley de ciberseguridad de 2017 ha profundizado la supervigilancia del comportamiento, aumentando las obligaciones que los proveedores y empresas digitales tienen con el Estado. Esto, además de limitar el uso de Virtual Private Networks (VPN), la herramienta con la que muchos se conectan a la red internacional[12]. En consecuencia, se han hecho comunes las penalizaciones a civiles que opinan en contra de los intereses de gobierno. Las multas no son demasiado altas en un principio (se encuentran entre US$ 50 a US$ 100), pero con el tiempo puede implicar condenas más graves[13].

 

2. Crédito Social Digital

Las restricciones en el uso de internet son un primer paso para conseguir el control, pero no son suficientes para lograr el monitoreo de la actitud y el pensamiento de los ciudadanos. Personas reprimidas suelen rebelarse, o simplemente burlar las trabas que se le ponen. Pero las convencidas, afianzan el sistema y cuestiona las propuestas extranjeras[14]. De esa lógica nació el Sistema de Crédito Social, cuyo fin es la «armonía social»[15], según el documento oficial del Consejo de Estado del 14 de Junio de 2014. Su propósito es:

“(…) hacia 2020, haber establecido las leyes fundamentales, regulaciones y estándares del crédito social. Haber creado un sistema de investigación que incorpore a toda la sociedad y su información (…), para así, darle total dominio a los mecanismos que promueven la confianza y castigan la mala fe o la desconfianza. (…) Establecer mecanismos de incentivo para la auto-corrección y la auto-mejora que se enfoquen en disminuir los actos que quiebren la confianza, y promover mecanismos que aseguren la protección de los ciudadanos que se han arrepentido de ellos (…) Establecer mecanismos de investigación de infracciones al sistema de crédito, además de castigar severamente la filtración al extranjero de secretos financieros o estatales. (…) Fortalecer el rol de la supervisión social”[16]

El párrafo anterior puede sonar algo críptico o excesivo, pero ayuda a explicar cómo China está juntando su infraestructura de supervigilancia cibernética con un sistema de puntuación similar al que se usa comúnmente para la evaluación financiera, que muchos asociamos a instituciones como Equifax, o para la evaluación de riesgo de clientes bancarios.

En occidente aceptamos que un sistema, a la hora de aprobar créditos, abierta y explícitamente verifique el comportamiento de deuda y pago para saber si una persona es disciplinada y confiable. Pero el uso que tiene en China estos registros es muy diferente y con otros fines. La vigilancia y los métodos de «premio y castigo» no se basan solo en el cumplimiento de la ley, sino que son parte de una evaluación moral y su propósito tiene consecuencias peligrosas en los ámbitos de la confianza y la libertad. Así, sustentado en una larga tradición «confuciana» de control social, el gobierno está constantemente supervigilando y evaluando a los usuarios[17]. De esta manera sabe si los ciudadanos son «de confianza», creen en las ideas del partido y son consecuentes con estas. De ahí la frase: «el gobierno pone el escenario, el pueblo canta en armonía».[18]

“Las personas se preocupan obsesivamente por sus puntajes sociales en todo momento y lugar, en especial cuando interactúan con otros que les evalúan.”

¿Y cómo funciona este sofisticado diseño? Pues, es similar a Nosedive, el primer episodio de la tercera temporada de Black Mirror[19], en el que las personas se preocupan obsesivamente por sus puntajes sociales en todo momento y lugar, en especial cuando interactúan con otros que les evalúan. Desde su entrada como piloto en 2015, el Crédito Sésamo ha sido presentado como un juego social (gamification). Los usuarios compiten por ser los mejores ciudadanos y cada individuo tiene una cuenta que asocia un puntaje a cada comentario, compra, palabra buscada o app descargada. Incluso cada aparato utilizado. En suma, todo el comportamiento online (e incluso offline), en todas las plataformas. ¿Y de dónde salen los datos? Las empresas de telefonía, internet, tecnología, e incluso de compra y venta, abren esta información al gobierno, que se ampara en sus mismas leyes para solicitar los datos. Un caso emblemático es el de la aplicación WeChat, que tiene más de 1000 millones de usuarios[20]. Además se han creado empresas dedicadas al procesamiento de datos para afianzar el sistema de crédito social[21].

En consecuencia, cada usuario tiene un puntaje acumulado, que es público y compartido a todos los contactos que tiene. Un buen ciudadano tendrá un puntaje alto, que podrá traducir en beneficios, como por ejemplo, permisos de viaje más holgados. Un ciudadano de «poca confianza» —aquel que utiliza VPN, compra en plataformas extranjeras, habla en contra del régimen o conversa con extranjeros— tendrá un puntaje bajo. Esto se traduce en castigos que van desde el rechazo social —ser «amigo» de estos ciudadanos baja puntaje— hasta el castigo directo, como la imposibilidad de viajar al extranjero. De hecho, en 2018, 23 millones de viajes (17.5 millones aéreos) fueron anulados por el gobierno por no contar con crédito social suficiente[22].

En el largo plazo, el mal desempeño en este «juego» puede hasta llevar a prisión. De hecho, ya se incorporaron al sistema las «listas negras» de deuda o comportamiento y la cadena del gobierno Xinhua ha informado en su sitio en inglés, en reiteradas ocasiones, lo efectivo que es el sistema[23].

China ya ha recurrido al gamification y el juicio de los pares para modelar otros comportamientos. Por ejemplo, la aplicación de la empresa Xiaomi recolecta información sobre el bienestar físico de los ciudadanos. Si uno tiene amigos en la app, estos pueden saber cuántos pasos uno caminó en el día, cuánto pesa e, incluso, cuál es mi «puntaje de salud». WeChat hace algo similar con el podómetro de la app, que compara los pasos que da un ciudadano con los de sus contactos.

En fin, el sistema de crédito social seguirá en marcha blanca hasta el próximo año, cuando se convertirá en obligatorio para todos los ciudadanos. Se trata de un trabajo de largo aliento que el país ha complementado con un amplio aparataje de propaganda para «cuidar la armonía y el bienestar de sus ciudadanos».

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Puede descargar el artículo completo en PDF.


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¿Rusia y China se unen a las conversaciones sobre Venezuela?

¿Rusia y China se unen a las conversaciones sobre Venezuela?

Posible pero aún sin datos específicos. Por indicios indirectos, declaraciones e insistentes confirmaciones de líderes de opinión, se estima que hay contactos directos entre las tres potencias para llegar a una solución del caso Venezuela o, en todo caso, destrabar el camino hacia una negociación definitiva. Pero no hay, hasta ahora, declaraciones directas al respecto.

(Junio 20, 2019 – Javier Brassesco). Un artículo publicado en el diario español ABC sugiere que Rusia y Estados Unidos negocian el futuro de Venezuela, y que “la administración Trump podría ya haber cedido a alguna exigencia de Moscú respecto a la presión estadounidense en el extranjero próximo de Rusia a cambio de la aceptación de Vladimir Putin de que haya nuevas elecciones presidenciales en Venezuela”.

Este artículo publicado hace una semana lleva la firma de Emil J. Blasco, un periodista con muchos contactos en el Departamento de Estado que informó con responsabilidad y precisión sobre la enfermedad y posterior muerte de Chávez e incluso escribió un libro sobre Venezuela, “Boomeran Chávez”, en donde afirma que el ex presidente venezolano murió en Cuba.

Por otro lado, el portal ALnavío asegura que Tommy Stromberg, embajador de Suecia para los países andinos, lleva semanas insistiendo al Grupo de Lima que la crisis de Venezuela solo se resolverá con una negociación que cuente con la participación de Cuba, Rusia y China. Y que el pasado jueves 13 de junio estuvo en una reunión en Estocolmo con representantes rusos, turcos, europeos, del Vaticano y de la ONU en donde se habría tratado el caso venezolano.

Según declaró a ALnavío Fernando Gerbasi, ex embajador de Venezuela ante la ONU, “todo pareciera indicar que se busca presionar para un proceso electoral lo antes posible”.

Ese mismo día la agencia internacional AP hablaba de estas conversaciones, y mencionaba la presencia de Enrique Iglesias como representante de la Unión Europea, además de enviados de el Vaticano, Cuba y la ONU, y que Rusia y Estados Unidos se incorporarían luego. Según la agencia el motivo del encuentro era “asegurar el diálogo en Noruega”.

A finales del mes pasado, Maduro pidió a su partido y a sus seguidores prepararse para unas elecciones, y aunque Juan Guaidó ha repetido que una condición (entre otras) para que estas elecciones tengan lugar es el “cese de la usurpación” (esto es, Maduro no podría ser presidente en el proceso), también mencionó la posibilidad de elecciones y sugirió además que existe un interés en países como Rusia y China en que se celebren estas elecciones en Venezuela

Nuestra validación

Todos los indicios apuntan a que algo se está moviendo subrepticiamente en el caso venezolano. El propio Blasco (que es una fuente con importantes contactos, como decíamos) afirmó que aunque Trump ya parece haber pasado la página en cuanto a su aspiración de una solución rápida en Venezuela, sigue dispuesto a seguir negándole el oxígeno a Maduro con la aplicación de sanciones, muchas de las cuales se comenzarán a implementar a partir de finales de julio.

Es muy probable que la resolución de la crisis venezolana se dé a través de un acuerdo externo entre las superpotencias, y Rusia y China, como principales aliados (y acreedores) del régimen de Maduro, no podrán ser excluidos.

Una salida negociada, como dice Blasco, se está abriendo paso porque ni Maduro puede con Guaidó, ni éste con aquel.

Cuánto tiempo tomará todo esto es el quid de todo el asunto, porque las partes parecen muy lejos todavía de un acuerdo. Y mientras tanto se acentúa la tragedia humanitaria en Venezuela, una de grandes proporciones, una muerte en cámara lenta. Pero ya se sabe que los tiempos históricos tienen un ritmo muy diferente al de las personas.


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Los mitos más extendidos en el planeta

Los mitos más extendidos en el planeta

(Mayo 25, 2019 – Javier Brassesco). El site Information is Beautiful  realizó una gran infografía en donde destaca los mitos más populares en el mundo, a juzgar por la cantidad de búsquedas en Google.

Algunos de ellos ya han sido tratados en Verifikado (el azúcar provoca hiperactividad en los niños, el agua que gira en otra dirección en el polo sur, solo usamos el 10% de nuestro cerebro, el pensamiento lógico y el creativo en diferentes hemisferios del cerebro, la cafeína deshidrata, los toros reaccionan ante el color rojo o el peligro de despertar a un sonámbulo).

Abajo dejamos una lista de lo publicado anteriormente, pero he aquí algunos otros, todos bastante curiosos y extendidos en la cultura popular:

Los sabores en la lengua: Todos vimos alguna vez ese mapa de la lengua donde se nos indica que el sabor dulce se percibe con la parte delantera, el agrio en la trasera y  los sabores salados y ácidos en los lados. Se trata de algo que no tiene ninguna base fisiológica pero que desde fines del siglo XIX se enseña en muchas escuelas.

Los tiburones no padecen cáncer: Sí, los tiburones sí pueden ser atacados por el cáncer, y el cáncer de piel es uno de los más comunes entre estos animales.

Napoleón era bajito: Napoleón medía 1,73 metros (cinco pies, siete pulgadas), lo que le hacía incluso más alto que el promedio de los franceses del siglo XIX.

El cinturón negro es la categoría máxima en karate: Alcanzar el cinturón negro en karate indica que se dominan las técnicas básicas, pero todavía quedan diez niveles por ascender: los dan. Son poquísimos los karatecas que alcanzan el décimo dan.

La Gran Muralla se ve desde el espacio exterior: No importa cuántas veces se repita: la Gran Muralla no es visible desde el espacio, no sin utilizar un telescopio.

Esperar 24 horas para reportar una persona como desaparecida: No se sabe de dónde surgió este mito, o si tal vez existe tal regla de este tipo en alguna legislación local, pero lo cierto es que en los principales países del mundo es falso que haya que esperar 24 horas para reportar a alguien como desaparecido.

Un chorrito de aceite evita que la pasta se pegue: Algunos cocineros le ponen un chorrito de aceite a la pasta (el mediático chef Gordon Ramsay, por ejemplo, lo aconseja en un video), mientras otros no lo hacen. Pero en cualquier caso no es para evitar que la pasta se pegue sino para que no se haga espuma y el agua se desborde.

Los vikingos tenían cascos con cuernos: los vikingos eran enterrados con sus pertenencias, y los arqueólogos han descubierto así algunos de sus cascos. No muchos se conservan en buen estado, pero lo cierto es que ninguno de los que se ha conseguido tenía cuernos. Pero si hoy uno escribe “Viking helmet” en imágenes de Google aparecerán cientos de fotos.

Los murciélagos son ciegos: hay muchas especies de murciélagos, pero la mayoría pueden ver perfectamente. El biosonar les permite viajar sin problemas también de noche.

Salieri odiaba a Mozart: Es un mito que extendió la película Amadeus (1984). Pero es solo una licencia artística que se tomó el director Milos Forman, pues Mozart y Antonio Salieri eran amigos y entre ellos solo existía algo de rivalidad artística.

Nadar después de comer: Nadar con el estómago lleno no va a favorecer los calambres. Pero tal vez será más difícil respirar si nadamos inmediatamente después de una pesada comida.

Einstein reprobó matemática: Einstein siempre destacó en matemática, incluso desde muy joven, aunque si hoy uno escribe “Einstein failed math” en Google se conseguirá con casi dos millones de resultados, y la afirmación incluso se hizo una vez en la columna Aunque usted no lo Crea, de Ripley’s.

Las vacunas pueden provocar autismo: Este mito se extendió por una clara manipulación de datos y publicaciones falsas, pero no tiene ninguna base científica.

El alcohol mata las células cerebrales: Esto es solo realidad en alcohólicos en grado avanzado, que obtienen gran parte de las calorías que consumen del alcohol.

El “Jihad” es la guerra santa: en realidad la traducción literal de esa palabra es “lucha”.

Un aparato para detectar mentiras: no existe ninguna máquina que pueda detectar con certeza cuando alguien miente o dice verdad. El polígrafo solamente capta nuestras respuestas fisiológicas a ciertos estímulos, pero “engañarlo” es sumamente sencillo y de hecho sus resultados no son tomados en cuenta en ningún juicio.

Es mejor no tener sexo antes de hacer deporte: Pues depende de la respuesta fisiológica de cada quien. Incluso algunos entrenadores sostienen que es beneficioso. Pero en cualquier caso no perjudica de ninguna manera si el sexo se tiene la noche anterior a un evento deportivo de importancia.

Sushi significa “pescado crudo”:  la traducción de “sushi” es “arroz avinagrado” o “arroz amargo”. Sashimi sí significa “crudo”, pero no “pescado crudo”.

Levantar y ondear el celular para tener mejor señal: todos hemos intentado buscar una mejor señal para nuestro celular elevándolo y moviéndolo de forma frenética. Pero eso no sirve para nada salvo para hacernos lucir como unos tontos.

No hay que volver a congelar carne que ya se descongeló: si la carne se descongeló mientras estaba en la nevera, no hay ningún problema en volverla a meter al congelador.


Imagen inicial: Pixabay

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China es el mayor productor de spam y otros datos sobre mensajes no deseados

China es el mayor productor de spam y otros datos sobre mensajes no deseados

China, EE.UU., Alemania y Vietnam lideran la generación de mensajes no solicitados en el mundo que componen casi la mitad de los mensajes que se envían cada día.

(Abril 24, 2019 – Redacción). El “spam” o “correo no deseado” (extensivo a otras formas de mensajería) es, para la mayoría de los usuarios, una verdadera plaga que llena los buzones de correo y mensajes. ¿De dónde vienen? Aquí dejamos un reporte de Statista:

Según securelist.com, aproximadamente el 52% de todos los correos electrónicos enviados en todo el mundo el año pasado fueron anuncios no deseados o correos electrónicos no deseados. China es la mayor fuente de spam, ya que representa el 12% del tráfico mundial de spam. EE.UU. ocuparon el segundo lugar (9%) y Alemania ocupó el tercer lugar (7%). Sin embargo, y son buenas noticias, el tráfico total de spam en 2018 fue un 4% más bajo que en 2017.

Algunos datos relevantes sobre el spam

Tomado de Propeller, de principios de 2018:

– 36% de todo el spam es alguna forma de publicidad.
Esto incluye promoción de ventas que el receptor no ha aprobado. La segunda variedad más común es contenido para adultos.

– Los spammers reciben 1 respuesta por cada 12.500.000 correos electrónicos enviados.
Por cada 12,5 millones de correos electrónicos no deseados enviados, solo una persona responde. Puede que no parezca mucho, hasta que considere que se envían diariamente más de 14 mil millones de mensajes de spam.

El spam les cuesta a las empresas nada más y nada menos que $20,5 mil millones cada año.

El origen de la palabra spam para nombrar el correo no deseado

De Wikipedia: “Spam” es un sketch de Monty Python, televisado por primera vez en 1970 y escrito por Terry Jones y Michael Palin. En el sketch, dos clientes son bajados por cables a un café de cuchara grasienta y tratan de pedir un desayuno de un menú que incluye Spam en casi todos los platos, para gran consternación de una de las clientes.

El sketch televisado y varias actuaciones posteriores presentan a Terry Jones como la camarera, Eric Idle como el Sr. Bun y Graham Chapman como la Sra. Bun, a quien no le gusta el Spam. Un año después, esta canción fue lanzada. como el primer single de 7 “de los Pythons. El término spam en el contexto de las comunicaciones electrónicas se deriva de este sketch.


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¿Qué defienden Rusia y China en Venezuela?

¿Qué defienden Rusia y China en Venezuela?

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Más de $90 mil millones en préstamos, acceso a recursos minerales y una posición muy precisada en la lucha geopolítica contra EE.UU.

(Marzo 27, 2019). Muchos de quienes han denunciado la injerencia de Estados Unidos en Venezuela aseguran que la primera potencia mundial lo que busca es en realidad el petróleo de ese país caribeño. El propio Nicolás Maduro lo ha afirmado en reiteradas ocasiones.

Ahora bien, al menos Estados Unidos tiene una coartada y la delinéo el propio Trump: restablecer la democracia en Venezuela, Cuba y Nicaragua y dar origen así a lo que ha llamado “el primer hemisferio libre de la historia”.

¿Pero qué buscan China y Rusia en su alianza con Venezuela? José Clavijo, quien fuera funcionario diplomático por Venezuela durante varios años, escribió un interesante artículo en el portal The Geopoliticsen donde intenta dar respuesta a esta pregunta. Aquí reseñamos lo que consideramos lo más importante de su análisis:

«Pekín y Moscú han invertido unos 90 mil millones de dólares en Venezuela, aunque por la falta de transparencia es difícil dar cifras exactas. La mayoría de este dinero ha sido entregado a cambio de venta de petróleo a futuro a bajos precios, pero también se han firmado importantes contratos militares, desde sofisticado armamento ruso hasta material antimotines chino.»

«China y Rusia son así los dos más grandes acreedores de Venezuela hoy en día.»

«China es el país que más ha invertido en Venezuela, unos 70 mil millones de dólares. Los créditos que ha entregado China a través de bancos para el desarrollo han sido invertidos en proyectos energéticos, aunque gran parte de los mismos, debido al carácter discrecional con que fueron entregados, también han sido desviados para otros proyectos de infraestructura, muchos de los cuales nunca fueron finalizados.»

«Rusia cada vez exige más a cambio de los créditos que ha otorgado, y así es accionista en varias asociaciones estratégicas con Venezuela, incluyendo el 49,9% de Citgo, su empresa refinadora en Estados Unidos. Estas acciones habrían sido  entregadas a la petrolera rusa Rosneft.»

«Los créditos chinos, por su parte son pagados a través de contratos paralelos en la forma de envíos de petróleo en los que Pekín directamente controla la producción. Entre 2010 y 2013 el 64% de las líneas crediticias chinas hacia América Latina estuvieron dirigidas a Venezuela. Pero China hizo mal los cálculos y sobreestimó la capacidad del régimen de Maduro de cumplir con sus obligaciones contractuales: a ellos también parece haberles tomado por sorpresa el desmoronamiento de la capacidad productiva de Pdvsa, la petrolera estatal venezolana.»

«La presencia rusa y china en Venezuela no se limita a lo económico: China maneja una estación satelital ubicada en el estado Guárico, en la base aérea Capitán Manuel Ríos, y Rusia está presente en una base naval en la isla La Orchila. Hace poco fue noticia además la llegada de 99 soldados rusos por el aeropuerto internacional de Maiquetía. Moscú tiene asimismo planes de desplegar una base de bombarderos nucleares en una isla en las costas venezolanas, lo que sería la mayor presencia rusa en el Caribe en más de medio siglo.»

«Superando una larga historia de desconfianza mutua, Rusia y China han establecido una alianza informal para hacerle contrapeso a Estados Unidos, y Venezuela es ahí una pieza importante. Y si bien los intereses chinos son sobre todo económicos (vista la gran inversión que han realizado en ese país y sus propias necesidades energéticas), el interés ruso parece ser sobre todo geoestratégico: la gran ambición de Putin es volver a los tiempos en que su país se disputaba con Estados Unidos el control del planeta. La “Gran Rusia” es su sueño.»

«Aunque Maduro insista en el tema de la soberanía cuando exige que Estados Unidos saque sus manos de Venezuela, lo cierto es que tal vez nunca la soberanía venezolana haya estado tan comprometida y su futuro tan hipotecado ante las ambiciones de chinos y rusos.»

«Sin embargo, Rusia no tiene los recursos para sacar a flote la devastada economía venezolana, y China ya ha cometido varios errores en este sentido y cada vez está más renuente a seguir entregado fondos a ese barril sin fondo que es el régimen de Maduro.»

«Un futuro gobierno tendrá que reestructurar la gigantesca deuda que se tiene con Rusia y China, gran parte de la cual es además ilegal toda vez que fue contraída sin la aprobación de la Asamblea Nacional (al menos todos los créditos que se han otorgado en los últimos tres años).»

«Moscú y Pekín buscan aminorar los riesgos y así han mantenido contacto con representantes del gobierno de Juan Guaidó, pero por ahora apoyan firmemente a la cleptocracia de Maduro. Las consideraciones económicas y geopolíticas prevalecen sobre intereses morales o humanitarios.»

Artículo completo de José Clavijo (en inglés)

The Geopolitics of the Venezuelan Crisis

A great game is gaining momentum in Venezuela pitting the US against the entrenched interests of China and Russia. Over the years, as Hugo Chávez and then Nicolás Maduro mismanaged the economy and systematically eroded the rule of law, the increasingly ostracized regime turned to Moscow and Beijing for support. Both were keen to gain a foothold in a strategically located country, awash with natural resources, right in the US’s backyard. Moscow and Beijing have injected roughly US$ 90 billion into Venezuela (a notorious lack of transparency hinders exact estimates). The funds have come mostly by way of massive loan-for-oil agreements at discounted prices. But they have also signed substantial military contracts ranging from sophisticated Russian weaponry to Chinese riot-control gear. Beijing alone has invested around $70 billion in Venezuela. The loans provided by Chinese development banks were invested in the energy and mining sectors, but because of their discretionary nature, the funds were also diverted to other infrastructure projects. Lamentably, many of these projects remain idle or unfinished.

Nevertheless, the Venezuelan regimes’ corruption and economic mismanagement has meant that the largesse has come with increasing demands. Russia has large minority stakes in several major joint ventures in oil and gas with PDVSA -Venezuela’s crumbling national oil company- including a lien on a 49.9 percent share in Citgo, its huge US-based refining arm that served as collateral for the most recent Russian loans. For its part, Chinese loans are being repaid through parallel contracts in oil shipments where Beijing directly controls production. As a result, China and Russia are the country’s main bilateral foreign creditors, making the Maduro regime not only economically indebted to Asia’s largest autocracies, but existentially so, as any withdrawal of support would lead to its collapse.

Both countries also have an embryonic security presence in Venezuela, including a Chinese satellite tracking facility and a Russian cyber presence. In addition, Moscow intends to establish a forward base of strategic nuclear-capable bombers in an island off Venezuela’s coast, in what would be its largest presence in the Caribbean in half a century. The rapprochement of the Maduro regime with China and Russia provide these with strategic regional clout in their global rivalry with Washington. Anti-US, “axis of evil” aligned Venezuela has become an outpost that serves as leverage in their ongoing tensions over Washington’s meddling in their own regional spheres of influence: namely, Eastern Europe and the “near abroad” in the case of Moscow, and the South China Sea and Taiwan for Beijing.

Notwithstanding a long history of mutual distrust, the search for an alternative to the US-led international liberal order has compelled China and Russia to forge an informal alliance of convenience in recent years. But the alignment is untested, as their economic profiles and strategic interests differ considerably. Though they share a steadfast presence in Venezuela, these diverging interests are evident in their respective strategies.

China’s vaster commitment is tempered by economic prerogatives. The strategic bilateral relationship was initially politically and economically expedient. China needed to diversify and increase its voracious energy demands. Meanwhile, leftist strongman Hugo Chávez, mistrustful of Washington and intent on ending Venezuela’s overreliance on oil exports to the US, was searching for new partners outside the Western liberal realm. China invested heavily: from 2010 to 2013, approximately 64 percent of its credit lines to Latin America went to Venezuela. Regardless of the criticisms aimed at Chinas “debt-trap” diplomacy, its stalwart presence in Venezuela was supposed to be a showcase of its alternative development and aid model. But Beijing perilously miscalculated the country’s capacity to fulfill its contractual obligations, as oil production collapsed due to a decline in prices, corruption and ill-conceived policies. As a result, China has attempted to diminish its financial commitments in the country.

Despite its impressive presence in the energy sector, Russia’s priorities in Venezuela tend to be geopolitical. In Putin’s attempts to revive the country’s aggrieved sense of grandeur and confront US interests wherever it finds kindred spirits, Venezuela plays the role of spoiler. Hence, Caracas’s prominent role in Russia’s attempts to diversify its economic and security ties into the Middle East, South Asia and South America. While Beijing has opted to lend defensively to hopefully facilitate repayment and raise oil exports, Moscow’s more conciliatory stance has allowed for flexible debt restructuring and the provision of timely bailouts in exchange for juicy energy assets at discounted prices. Venezuela, after all, has the world’s largest oil reserves. The obtainment of valuable oil and gas extraction licenses allows Moscow to become a bigger player in the global energy market. The greater exposure is not devoid of risks. Whereas several smaller Russian energy companies have pulled out of projects, energy giant Rosneft has doubled down, taking greater operational and shareholder control of its investments due to gaping holes in the balance sheets of joint ventures and disappointing oil output. The fact that Rosneft has yet to break even on its estimated US$ 9 billion investments in Venezuela over the past decade lends credence to the political nature of Russia’s presence.

The Maduro regime’s forebodings of US imperial designs on Venezuela’s abundant natural resources conveniently overlook that it has already ceded tranches of its sovereignty to Moscow, Beijing and Havana. The three seem to represent a bigger “imperial” threat to the country’s self-determination than any abstruse US intentions. This time around, though, Washington is not a unilateral interventionist power but rather part of a sweeping coalition of democracies throughout the Americas, from Canada to Argentina, that are pressing for a return to democracy. If successful, the realignment of interests with the rest of Latin America could portend a new and more dynamic relationship. Unlike China and Russia’s rather predatory presence in Venezuela, the US has in recent decades pursued conciliatory policies towards the region based on common values and concerns. Long gone is the era ofdirect and indirect meddling. Democratic values, improved governance, increased trade and investment flows, and specific risks such as drug trafficking and money laundering are overriding issues.

The historical juncture couldn’t be more propitious for change, what with thewaning of leftist populism in the region and the repercussions of Venezuela’s collapse transcending its borders and potentially overwhelming the region’s support mechanisms. But the US needs to tread carefully and utilize the current goodwill to forge a peaceful transition in Venezuela. There is a risk of both escalation and miscalculation. The Trump administration’s policy towards Venezuela contrasts with its retrenchment from the international arena, and seeming disregard for the promotion of democracy and human rights. Moreover, it’s is being conducted by neocons such as John Bolton and Elliott Abrams, with a past penchant for interventionism; while there is a dearth of Latin American specialists at both the White House and State Department that could provide measured advice. Concurrently, the new US security strategy deprioritizes the fight against terrorism to focus on great power rivalry, in particular, the risks posed by a rising China and a resentful Russia. Venezuela could well become a testing ground for Washington’s new strategic interests.  

For all the media headlines, for all the allegations of imperialism and interventionism by the Maduro regime, the Venezuelan crisis is above all a human tragedy. The country was once the most prosperous and stable in Latin America. Now its people suffer the worst humanitarian and economic calamity in the Americas in modern times. Venezuela’s GDP has shrunk by 50 percent in the last five years, unheard of in a country not at war. Inflation surpassed 1,000,000 percent last year, the only continued instance of hyperinflation in the world. Venezuela is one of the world’s most corrupt countries, with the regime widely accused of human rights violations towards its population, including the use of torture and executions. Institutional collapse has brought a breakdown in law and order, resulting in one of thehighest murder rates in the world. Poverty based on income has exploded in recent years, with at least 87 percent of the population living under the poverty line, and 61percent in extreme poverty.

Privations and coercion at home have led to an exodus. But adversity beckons both those who leave as well as those who stay behind. Malnutrition is rampant. People are dying for lack of medicines, and of diseases that were eradicated decades ago. Maduro is reluctant to recognize the humanitarian crisis for fear of acknowledging the systemic failure of the so-called Bolivarian Revolution, the brainchild of his mentor Hugo Chávez. But Venezuela may not survive many more years of “revolution”.

Russia lacks the resources to single-handedly bail out Maduro’s regime, and China’s recent experience serves as a cautionary tale. Whatever the denouement to the Venezuelan crisis, both will play a role in the country’s future. China is the third largest client after the US and India – of Venezuelanoil exports, which account for roughly 95 percent of its foreign earnings. A future democratically elected government will most likely have to restructure its huge sovereign debt, including onerous and dubious Chinese and Russian loans. Russia and, to a lesser extent, China have been Venezuela’s main suppliers of weapons. Caracas will need to maintain the military relationships for spare parts and maintenance of its matériel. Both will lose a strategic regional ally in Maduro, but their influence will remain, though probably much diminished.

Moscow and Beijing are leveraging their risks and talking to representatives of the interim government. For the time being though, they are firmly behind Maduro’s kleptocracy. Economic and geopolitical considerations prevail over moral and humanitarian concerns. China and Russia’s distinct autocratic models pose a challenge not only to the Western liberal order but to market democracies around the world. If they aspire to challenge the prevailing order, their actions in Venezuela leave much to be desired.

Original article: https://thegeopolitics.com/the-geopolitics-of-the-venezuelan-crisis/

Jose Clavijo es un diplomático venezolano jubilado anticipadamente. Tuvo actividad en Túnez, Dinamarca, India, Japón, República Dominicana, Filipinas y Marruecos. También fue el jefe del Departamento de Asia y Oceanía en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Clavijo estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Nueva Orleans, Estados Unidos, y en la Universidad Americana en El Cairo, Egipto. Obtuvo su Maestría en Política Internacional de la Universidad de Bristol, Reino Unido.

Imagen inicial: Composición con insumos de Creative Commns.

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