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¿Perjudica la salud la llamada contaminación electromagnética?

¿Perjudica la salud la llamada contaminación electromagnética?

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Hay emisiones electromagnéticas que son potencialmente peligrosas y otras inocuas, según la distancia, intensidad y tiempo de exposición. No hay estudios concluyentes sobre qué y cómo puede afectar la salud, por lo cual toda previsión para evitar de exceso de exposición es recomendable.

Javier Brassesco

(Septiembre 4, 2018). Vivimos rodeados por ondas o campos electromagnéticos de baja intensidad, la mayoría de ellos producidos por la actividad humana y el creciente desarrollo tecnológico: conexiones wifi, antenas de telefonía celular, líneas de alta tensión, subestaciones eléctricas, tendidos eléctricos, radio, radares, conexiones de Bluetooth… si pudiéramos ver estas ondas, difícilmente veríamos otra cosa en el ambiente que nos rodea. Es la llamada contaminación electromagnética.

Esta exposición a largo plazo a radiaciones tan masivamente aumentadas no tienen ningún precedente en la historia de la Humanidad. Los campos artificiales, unidos a las radiaciones que nos llegan del espacio y a las que genera la propia Tierra –las llamadas redes telúricas- hacen que nuestro hábitat se haya convertido en un entramado de ondas y radiaciones cuyos efectos en nuestra salud todavía no están claros: es el tema de uno de los principales debates científicos de este siglo.

Son dañinos

Muchos estudios realizados, incluido un informe de la World Association of Cancer Research (Asociación Mundial para la Investigación del Cáncer) alertan sobre los peligros que esta situación podría tener para la salud humana, y hasta la Organización Mundial de la Salud clasificó en 2011 las ondas electromagnéticas que emiten los teléfonos celulares como “posiblemente cancerígenas”.

En el conocido estudio de Horst Eger, Alfred Jahn y otros investigadores alemanes (2009), financiado por la ciudad bávara de Selbitz, se encontró que la probabilidad de cáncer aumenta tres veces en la población que vive dentro de un radio de 400 metros de una antena de telefonía móvil en comparación con la población que vive fuera de ese radio.

Algunos expertos recuerdan, sin embargo, que la detección de una asociación estadística entre un agente y una determinada enfermedad no significa necesariamente que el agente sea la causa de la enfermedad.

Son inofensivos

Y es que existen también estudios que indican que los campos electromagnéticos de baja intensidad son inofensivos para el ser humano, y algunos de quienes los han realizado se quejan de que a los mismos se les ha prestado poca o ninguna atención. Y claro: siempre el sensacionalismo vende más. Sin embargo, incluso estos trabajos concluyen diciendo que se necesita investigar más sobre este tema. Pero si estos científicos afirman haber demostrado que no hay efectos de estas ondas sobre la salud del ser humano ¿Por qué se debe seguir investigando?

El problema es que los estudios médicos con seres humanos identifican con facilidad efectos grandes y claros, como la relación entre fumar y distintos tipos de cáncer. Sin embargo, no es tan fácil distinguir pequeños efectos de la ausencia de efectos. Es muy difícil determinar con absoluta certeza si los campos electromagnéticos de baja intensidad tienen un efecto cancerígeno débil o si solo lo tienen para un reducido grupo de personas.

La ausencia de una consecuencia determinada en los estudios realizados puede significar que dichas consecuencias no existen, claro, pero también que las mismas no son detectables con el método que se utilizó. Por eso en los estudios científicos los resultados negativos suelen ser menos convincentes que los resultados positivos claros.

El electromagnetismo que llevamos dentro

El sistema celular humano trabaja con campos electromagnéticos propios, y cada nervio emite señales mediante la transmisión de impulsos eléctricos. También el corazón y el cerebro tienen una actividad eléctrica. No es de extrañar entonces que la presencia de nuevos campos externos y  de campos electromagnéticos ajenos, aunque sean de baja intensidad, produzca alteraciones en el ser humano que varían según cada individuo. Pero, como se dice en el documental homónimo de 2012, lo cierto es que “todos somos electrosensibles”.

 

El terapeuta Carlos Requejo explica allí que todo en nuestro cuerpo es electricidad: “Somos eléctricos, fundamentalmente, desde las neuronas hasta la punta de los dedos. Movemos cada músculo en base a un impulso eléctrico, late el corazón en base a un impulso eléctrico, igual que nuestros pensamientos son impulsos eléctricos. Y todo eso es afectado por la electricidad del exterior”. Y asegura que no se necesitan grandes intensidades: “En el cerebro bastan microvoltios para hacernos cambiar la forma de pensar”. Alerta que desde la década del 50 del siglo XX vivimos en ambientes “eléctricamente nocivos”.

Algunas personas son más sensibles que otras a la también llamada electropolución, y se ha acuñado el término de “hipersensibilidad electromagnética” para catalogar a quienes están más expuestos. Los síntomas de esta condición incluyen dolores de cabeza frecuentes, cansancio crónico, nerviosismo, taquicardia, mareos, insomnio y disminución de la concentración.

Se trata de un tema que todavía está sujeto a un encendido debate en la comunidad científica, y las conclusiones están lejos de ser definitivas. Pero lo cierto es que las ondas electromagnéticas están allí y cada vez son más numerosas. La existencia de datos inconclusos, contradictorios o inciertos y la presencia de sospechas con mucho fundamento deberían ser suficientes para tomar medidas de prevención.

 


Imagen inicial: Pixabay.

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